Un santuario bien cerquita del cielo

Aunque un poco alejado del centro de la ciudad, elevado en las montañas, su ubicación no impide que hasta él lleguen numerosas personas durante cualquier hora del día, tanto cubanas como extranjeras.

Un laberinto de artesanos, promoviendo y pregonando sus mercancías, flores, especialmente girasoles; velas, piedras de cobre, imágenes de la Virgen de todos los tamaños y materiales, bordean el ya desaparecido Camino de Piedras hasta llegar a una escalinata, que se convierte en el último valladar a salvar para quienes buscan una gracia o un milagro.

A medida que nos vamos acercando, el aire se torna un poco seco, y da la sensación a quienes lo visitamos por primera vez, que apenas nos alcanza para respirar.

La subida de la colina hasta el santuario, las amplias escaleras, unido a la elevación del campanario, producen, al mirarlas desde abajo, un asombro extraordinario por la manera tan majestuosa en que se erige la iglesia, como chocando con las nubes.

Una vez que nos adaptamos a la altura, resulta más fácil relajarse y disfrutar de todos los detalles de este lugar. A un costado las famosas minas de cobre, del otro, la entrada del poblado y, al frente, dos bustos, uno de Félix Varela y otro del papa Juan Pablo II.

El templo, de arquitectura sobria y en perfecto estado de conservación gracias a recientes tareas de restauración, cuenta con una nave central dominada por hermosos vitrales alegóricos a la figura de la llamada Patrona de Cuba. Todo esto aparece complementado con un altar labrado en plata maciza y valiosos objetos ornamentales.

Sus paredes blancas recogen la historia ilustrada de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte en la cruz, además de la leyenda del hallazgo de la Virgen.

La hora de la misa se convierte en todo un acontecimiento multicultural, pues a ella asisten tanto visitantes casuales, como personas de un fuerte sentimiento cristiano, y por otro lado aquellas que reconocen en la Virgen a Ochún, símbolo de la feminidad, las aguas dulces y la alegría en el culto de la santería afrocubana.

Oraciones y susurros, que apenas violan el sagrado silencio del sitio, acompañan a quienes acuden bien a presentar su solicitud a la Virgen o a pagarle una promesa.

La fe y la gratitud de aquellos que se consideran bendecidos por sus milagros es tan grande, que en varias vitrinas de la Capilla de los Milagros se pueden apreciar cientos de medallas, trofeos, títulos panamericanos y olímpicos, como pago y agradecimiento de varios atletas por concederles su petición.

Otros, entregan sus charreteras, sus tesis y títulos universitarios, y hay hasta quienes recolectan tierra de diferentes partes del mundo y la ofrendan a la Virgen.

Pero esta tradición es costumbre antigua, pues no solo las personas del siglo XXI piden un milagro suyo y ofrecen regalos como pago, sino que también nuestros mambises antes de partir a la manigua lo hicieron, y más tarde los rebeldes le entregaron una bandera del Movimiento 26 de Julio, como muestra de agradecimiento.

El sentido religioso de la localidad gira entorno a este santuario, el edificio más antiguo del lugar que está estrechamente relacionado con el proceso fundacional del lugar, y la cercana presencia de la Sierra Maestra le imprime un toque muy natural a este entorno casi virgen.

La devoción de muchos, el interés que despierta en otros, la historia, la belleza y la magia de su emplazamiento, impregnan a este sitio un gran valor patrimonial y cultural para todos los cubanos, y hacen que no sean pocas las personas en el mundo que llegan hasta Cuba en espera de un milagro de la Virgen de la Caridad del Cobre.

Por Lisandra Andrés Cots