Una Catedral rebosada de historia

En La Habana Vieja, en pleno corazón de su Centro Histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1982 por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), está la Catedral de La Habana, uno de los sitios de mayor valor simbólico y arquitectónico del país.

La iglesia es un paradigma del barroco cubano. Su construcción comenzó  en 1748 a petición de los jesuitas, con el fin de albergar una escuela de misioneros de los Hijos de San Ignacio. Se desconoce quién fue el arquitecto o proyectista de la obra, sin embargo, se sabe que el maestro Don Pedro de Medina estuvo al frente de las labores finales de la edificación.

No obstante, autores como Joaquín Weiss, en su libro Arquitectura Colonial de La Habana, consideran que los planos probablemente fueron trazados por algunos de los padres jesuitas, tomando tal vez ideas de algún dibujo o lámina recibida del extranjero.

En 1767 ya estaba terminado el colegio, pero no la iglesia, y justo en ese momento ocurrió la expulsión de los jesuitas del Nuevo Mundo. Más de una década después, por orden del obispo Felipe José de Tres Palacios, comenzó el proceso de transformación del antiguo oratorio en Catedral de La Habana, luego que una Real Cédula dividió la isla en dos diócesis: Santiago de Cuba y La Habana.

A partir de ese momento se dedicó a la Virgen María de la Concepción Inmaculada, cuya imagen es visible en el Altar Mayor. El sucesor del obispo Tres Palacios, José Díaz de Espada y Fernández de Landa, partidario entusiasta del neoclasicismo que cobró fuerza en el siglo XIX, introdujo cambios sustanciales en el interior del templo.

Por ejemplo, reemplazó el piso de piedras por otro de mármol blanco y negro, suprimió los altares primitivos y colocó otros, bajo el diseño del español Antonio Solá, pero según el arquitecto cubano Daniel Tabeada Espiniella, “en realidad trataba de eliminar toda huella barroca, sin tocar la estructura arquitectónica de la iglesia, para dar paso a los nuevos postulados neoclásicos”.

Entre 1946 y 1949 la Catedral estuvo sujeta a un amplísimo proceso de renovación, obra del arquitecto Cristóbal Martínez Márquez, y gracias a estas labores donde se cambió el techo original por otro de piedra con forma de bóveda, el templo captó mucha más luz, ventilación, seguridad, belleza, y sobre todo, adoptó un aspecto de mayor esplendor.

Además, también fue objeto de otras modificaciones en su interior en etapas posteriores, como por ejemplo en vísperas de la visita a Cuba del Papa Juan Pablo II en enero de 1998, ocasión en la que se hicieron cambios sustanciales para permitirle asumir las funciones que correspondían a la nueva liturgia.

Una arquitectura que trascendió su época

Según Joaquín Weiss, estilísticamente, el edificio de la Catedral va mucho más allá que cualquier otro monumento del  sobrio barroco habanero. La concavidad del muro de fachada, con sus columnas dispuestas en ángulo, el grado a que han sido llevadas la inscripción y la intersección de los elementos arquitectónicos, y el contorsionismo de sus líneas, lo hermanan a las obras más radicales de la escuela barroca. No solo prestigia la plaza a la que da nombre, sino que sin ella ese espacio perdería mucho de su impactante personalidad.

Afortunadamente la fiebre neoclásica no llegó a tocar la fachada principal, expresa Espiniella en el artículo Del Barroco colonial cubano. La arquitectura religiosa de La Habana, pues esta, esculpida en piedra, transmite al observador cambiantes impresiones desde la vista rasante hasta la frontal, y no es una fachada para ser descrita sino para aprehenderla.

“Nunca antes en la historia de la arquitectura cubana, una fachada se había movido y quebrado en planos cóncavos y convexos, nunca se trazaron en esviaje columnas aisladas o en tríos con tanta osadía, no contamos con otro ejemplo de cornisa que se encrespe, suba y baje con la ligereza de una ola de mar, como lo hace en este edificio”.

Su diseño, adquiere impresionantes contrastes de luz y sombra, favorecidos por el clima tropical y por su ubicación presidiendo la plaza, y produce el efecto de una plaza cerrada, sin serlo realmente.

El arquitecto Alden Soriol, explica que la Catedral, al parecer siempre estuvo con la piedra al desnudo, debido quizás a lo dilatado y coyuntural de su construcción; sin embargo, su fachada es considera una de las más notables de América Latina.

El hecho de estar construida en piedra, agrega, le imprime a la construcción gran movilidad, tanto en el interior, como en el exterior, pues su portada cierra con un remate de suaves líneas todo el recorrido sobre las curvaturas, asimilando los volúmenes de las columnas que tienen adosadas con una proporción cuidada y exacta, además, desafía la simetría, pues el campanario de la esquina de San Ignacio es más ancho que la otra torre situada en la portada.

Valor material y espiritual

Además de sus funciones litúrgicas y sus valores arquitectónicos, la iglesia atesora valiosas obras de arte, como los óleos pintados por el francés Jean-Baptiste Vermay, los frescos del italiano Giuseppe Perovani, el lienzo de la Virgen de Loreto, bendecida por el obispo Morell de Santa Cruz en 1755,  y de la Virgen de la Purísima Concepción, Patrona de La Catedral.

Del siglo XVIII solo se conservan actualmente la sillería del coro de los canónigos, los muebles de la sacristía y la mutilada y antigua talla de San Cristóbal, Patrono de la Ciudad.

Mucho se ha hablado a lo largo de los tiempos del edificio y sus valores estilísticos. No pocos han sido los escritores famosos, críticos de arte y arquitectos de renombres, que han elogiado su belleza de las más diversas maneras.

El literato Alejo Carpentier decía que su fachada era “música convertida en piedra”; mientras otros, como José Lezama Lima, afirmaban que esa fachada, con sus curvas, remedaba el oleaje marino.

Para Emilio Roig de Leuchsenring, quien fuera historiador de la ciudad de La Habana, la Catedral, el convento de San Francisco de Asís, la iglesia de Paula, la de la Merced y también la del Ángel, eran los templos que merecían conservarse en la capital, a través de los años, como monumentos significativos de la  época colonial cubana.

¿Leyenda o realidad?

Uno de los aspectos más interesantes de la historia de la Catedral es la gran duda sobre si guardó o no, en algún momento, los restos mortuorios de Cristóbal Colón. Según cuenta la historia, en 1796 cuando España cedió la colonia de Santo Domingo a Francia, los restos del Almirante que descansaban en esa isla vecina, fueron depositados en la Catedral de La Habana junto al altar del Evangelio.

En 1892 las cenizas fueron traspasadas a un monumento funerario, obra del escultor español Antonio Mélida, que se instaló en la nave central del templo, y allí estuvieron hasta que en 1898, al cesar la soberanía española sobre Cuba, se llevaron a España.

Esta historia perdió cierta credibilidad en 1877 cuando monseñor Roque Cocchia, delegado apostólico en Santo Domingo, declaró haber encontrado en la Catedral dominicana la tumba del Almirante. Siguiendo su versión, a La Habana debieron llegar los de su hijo Diego, por error, o por la voluntad deliberada de los padres dominicos que custodiaban la Catedral en el momento en que se decidió el traslado.

Para algunos, las revelaciones de monseñor Cocchia no merecen crédito, pues los restos de Colón son los que estuvieron en La Habana y reposan ahora en Sevilla. Otros defienden la opinión de que las cenizas verdaderas no salieron nunca de Valladolid, y no faltan los que aseguran que se encuentran en el monasterio sevillano de Las Cuevas. No obstante, los datos relacionados con la vida y la muerte de Colón siguen siendo una incógnita aún sin despejar.

Más allá de la historia: simplemente la Catedral

Resulta innegable que todos los espacios que confluyen en torno a esta iglesia contribuyen a acentuar el aspecto típicamente colonial del sitio: los edificios netamente habaneros, antaño mansiones de la nobleza de la época, como el palacio del Marqués de Arcos, la casa de los Condes de Casa Bayona, actual Museo de Arte Colonial, y la Mansión del Marqués de Aguas Claras.

Pero es la Catedral la que hace de este espacio un lugar donde se recoge un importante pedazo de la historia de la ciudad, de la identidad de los cubanos, y del paso del tiempo, que demuestra la importancia de la conservación y perpetuidad de los sitios históricos para el conocimiento y disfrute de las nuevas generaciones.