miércoles, 7 de diciembre de 2022

Fidel en el Aula Magna: un discurso trascendente

Fue otro Asalto al Moncada, un motor crítico para impulsar un maremágnum de interrogantes y reflexiones sobre el futuro del Socialismo…

José Ángel Téllez Villalón en Exclusivo 17/11/2022
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Fidel Castro-Discurso
Un discurso para el futuro, hecho por un eterno joven rebelde (Tomada de Fidel soldado de las ideas)

Revolución es cambio, pero,  sobre todo,  sentidos en constante acumulación. Es el sentido resultante de esa transformación lo que marca su distinción, su perdurabilidad  y continuo apoyo popular. Es una marcha hacia el “bien de todos” que aspira a movilizar a todos por ese bien. Para lo cual,  una creciente  mayoría debe percibirla  como evolución, sentir que el impulso colectivo no aplasta sus expectativas personales, sino que las imanta y armoniza en el mismo “sentido del momento histórico” y del consenso de “lo que debe ser cambiado”.  La Revolución Socialista  es como un gran despojo de esos sinsentidos  que nos amarran a ser cosas, meros instrumentos de las decisiones de  extraños,  a la animalidad de actuar solo por instintos.

Así se ha de significar,  de percibir y sentir. Si eso falla se produce una regresión a la prehistoria. La Revolución involuciona, por perder su sentido propio, por falencia de legitimidad. Cuando no cosecha esperanzas, ni confianza en el Partido, en un líder, en el proceso de transición. Cuando no consigue movilizar todos los recursos (volitivos, afectivos y cognitivos, ideológicos, culturales) de los sujetos que la deben  protagonizar, que deben pensar y concretar  el proyecto de país, los que deben anhelar  y comprometerse con el  gran ascenso al “reino de la justicia”; no en el cielo, sino aquí  y lo más pronto, en la tierra; para salvar el Mundo.

A eso apuntó Fidel en el Aula Magna del Universidad de La Habana , el 17 de noviembre de 2005. Un discurso para el futuro, hecho por un eterno joven rebelde, 60 años después  de su ascenso a la Colina; el primero de tantos escalamientos, desafiando  peligros y malos augurios, venciendo. Aquel discurso de vida, devino un legado trascendente, por su  impacto teórico y  práctico, político e ideológico. Aquel día,  el Líder Histórico de la Revolución lanzó  la polémica tesis  de que “esta Revolución puede destruirse […] nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra”.

Aquello fue otro Asalto al Moncada, contra los  dogmas  y esquematismos, contra la corrupción y el despilfarro, contra la indolencia y la inercia; contra nuestros defectos,  nuestros errores, nuestras desigualdades y nuestras injusticias. Un pequeño motor crítico para  impulsar un maremágnum de interrogantes y reflexiones: “¿Es que […] los hombres pueden hacer que las revoluciones se derrumben?”, ¿puede ser o no irreversible un proceso revolucionario?, ¿cuáles serían las ideas o el grado de conciencia que harían imposible la reversión de un proceso revolucionario?, ¿cómo se puede preservar o se preservará en el futuro el socialismo?

Con humildad reconoció los errores cometidos en la construcción de nuestro Socialismo y puso en manos  de los  jóvenes  el cometido de responder esas medulares  preguntas  y aportar nuevas ideas, por el futuro de la Revolución Socialista. Aquel reto lo siguen heredando las generaciones más jóvenes.

Entonces, sembró Fidel una respuesta: el único modo de evitar tal regresión, el retroceso al Capitalismo, es la superación de los doctrinarismos, deficiencias y errores; emprender las transformaciones necesarias que conduzcan al perfeccionamiento integral del Socialismo, como sistema, con mayor participación  y control popular. Las mayor garantía de irreversibilidad del proceso revolucionario es que el pueblo se sienta “dueño” real y partícipe de las decisiones más impactantes;  no un simple “consultado” por los de “arriba”. De ahí, la importancia de cultivar ciudadanos virtuosos, de ahí la importancia de la educación y de la cultura.

Como afirmara Alfredo Guevara, compañero de Fidel en  sus tiempos universitarios, aquel llamado de Fidel del 17 de noviembre, dio comienzo a otra época, “de lo posible”, “la época en que la diversidad se recobra conceptualmente y para la vida real en la sociedad real, y en marco definido por el saber y la ética y la elevación de la persona a rango que es el suyo. Diversidad no teatralizable, no espectáculo, en lo esencial, auténtico y profundo. Esa diversidad de cosmovisiones, en las que la diferencia puede ser evidente, innegable o en nada o casi nada excluyente, puede y debe continuar, ahondar y complejizar el diálogo, diálogo verdadero…”.

Fue un combate decidido, como era típico en el Comandante, sin una sombra de pesimismo. El máximo líder de la marcha revolucionaria hablaba de la posibilidad de que se desviara la Revolución hacia el pantano del egoísmo  y el sálvense quien pueda, pero aquello no era derrotismo. Por el contrario,  fue otro combate del que nos enseñó a vencer, confiando en el pueblo y en la capacidad del Partido de movilizarlo, en la fuerza de las ideas y de la moral.  “Nosotros poseemos otro tipo de armas nucleares, son nuestras ideas; nosotros poseemos armas del poder de las nucleares, es la magnitud de la justicia por la cual luchamos; nosotros poseemos armas nucleares en virtud del poder invencible de las armas morales”, expresó. 

Con sus palabras apuntó a los desilusionados  y derrotados de fe, a esos  que dicen: “La Revolución no puede; no, esto es imposible; no, esto no hay quien lo arregle”. A ellos contestó: “Pues sí, esto lo va arreglar el pueblo, esto lo va a arreglar la Revolución, y de qué manera. ¿Es solo una cuestión ética? Sí, es primero que todo una cuestión ética; pero, además, es una cuestión económica vital”.

Otra columna capital de aquel discurso  fueron sus reflexiones en torno a cómo se hace un revolucionario, cómo se cultivan mujeres y hombres  dispuestos a dar la vida por un ideal, por el  bien común.  Partió de su propia experiencia, de cómo se hizo revolucionario en  aquel recinto universitario, de las enseñanzas que aporta la historia universal  y los arduos años de lucha contra el Imperio. Y los nuevos aprendizajes de la Batalla de Ideas,  con “hechos y realizaciones concretas” a lo largo y ancho del archipiélago,   demostrando que “Una  Revolución solo puede ser hija de la cultura y de las ideas”.

Para Fidel el ser humano es “un ser lleno de instintos, de egoísmos, nace egoísta, la naturaleza le impone eso; la naturaleza le impone los instintos, la educación impone las virtudes; la naturaleza le impone cosas a través de los instintos, el instinto de supervivencia es uno de ellos, que lo pueden conducir a la infamia, mientras por otro lado la conciencia lo puede conducir a los más grandes actos de heroísmo.  No importa cómo seamos cada uno de nosotros, cuán diferentes seamos cada uno de nosotros, pero entre todos nosotros hacemos uno.”

Martiano consecuente, actuó siempre convencido de que trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. “Nadie siguió la Revolución-planteó en el Aula Magna- por culto a nadie o por simpatías personales de nadie.  Cuando un pueblo llega a la misma disposición de sacrificio que cualquiera de aquellos que con lealtad y sinceridad traten de dirigirlos y traten de conducirlos hacia un destino, eso solo es posible a través de principios, a través de ideas”.  Y añadió: “Son las ideas las que nos unen, son las ideas las que nos hacen pueblo combatiente, son las ideas las que nos hacen, ya no solo individualmente, sino colectivamente, revolucionarios, y es entonces cuando se une la fuerza de todos, cuando un pueblo no puede ser jamás vencido y cuando el número de ideas es mucho mayor; cuando el número de ideas y de valores que se defienden se multiplican, mucho menos puede un pueblo ser vencido”.

Hoy se hace más evidente  la vigencia de aquellas  palabras. Cuando el Primer Secretario del Comité Central del  PCC y Presidente de la República  Miguel Díaz-Canel ha llamado a enfrentar a “ilegales, pillos, lumpen, vagos y corruptos, en favor de nuestro pueblo y en función de la tranquilidad y el desarrollo honesto de nuestra sociedad”, vale repetir lo que Fidel aquel 17 de noviembre: “Debemos estar decididos  o derrotamos todas esas desviaciones y hacemos más fuerte la Revolución destruyendo las ilusiones que puedan quedar al imperio, o podríamos decir: o vencemos radicalmente esos problemas o moriremos. Habría que reiterar en ese campo la consigna de: ¡Patria o Muerte!”.


José Ángel Téllez Villalón

Periodista cultural


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