Despierto sobresaltada y sudorosa. Recuerdo la escena y me sorprendo: aunque fue alguien importante en mi pasado y le he dedicado algunos poemas y crónicas, hace rato que no fantaseo con ese hombre, mucho menos en sueños.
De hecho, nos tropezamos en la calle hace unos meses y me alegró verlo tan bien cuidado a su edad, pero no me brincaron mariposas ni nada por el estilo. En esos días coincidí con varios ex y disfruté que me vieran aún activa y en bici por La Habana, sólo eso.
¿Por qué recordar al susodicho ahora? Tal vez algún drama chino reactivó su historia en mis lóbulos temporales… El sueño en sí no me sorprendió porque fue algo real: en los Quince de su hija mayor, su joven esposa lo sacó a bailar mientras yo los miraba con poco disimulo. En un giro elegante se acercaron a mi asiento y ella me tomó de la mano con gesto de estudiada realeza.
Por varios minutos nos deslizamos por el salón al ritmo de un vals de moda, abrazados los tres y conscientes del murmullo de la gente ante tal osadía. Era humillante, pero su mirada hipnótica no me dejaba opción, y aunque en belleza no me quedaba atrás, su media sonrisa y su porte aplastaron mis ideas de escapar: la doña marcaba terreno, altanera, también para otras presentes.
Creo que mucho de lo que pienso y soy cuando tengo pareja tiene que ver con el aprendizaje de aquel momento, y con todo lo que vino después en ese amorío intermitente de más de una década.
Aquel personaje iba y venía a su antojo. Solía decir que la proxima era para quedarse: solo necesitaba cerrar círculo con la madre de su hija menor… luego con una esposa enferma… más tarde con alguien de su pasado…
Confiaba en sus sentimientos, pero no puede decirse que perdí mi tiempo creyendo en sus palabras. Además, aprendí mi lección: a las otras esposas no me permití conocerlas. Ser tercera en discordia no era un rol que me interesara; mejor quedarme al margen y esperar sin comprometer mi dignidad ni la de otras mujeres.
Nunca llegó ese día. Me sentí culpable por herir su orgullo cuando corrí tras el afecto sereno de mi primer matrimonio y renuncié a la fiebre de sus brazos, pero luego entendí que no era sólo eso: algunas personas no están hechas para la monogamia culturalmente impuesta.
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Para colmo, en uno de sus regresos me encontró felizmente embarazada, luego de perder varios intentos, y me ilusionó con la promesa de asumir el cuidado que tanto necesitaba en esa etapa. Una semana después se retractó ¡por teléfono! y hasta insinuó que un aborto estaría bien… Dos años después, su actitud hacia el Davo seguía siendo de celoso desdén. ¿Qué más podría esperar?
La ruptura definitiva ocurrió en mi oficina de JR. Me había casado nuevamente y él volvió, sin ataduras esta vez, dispuesto a ser mi sombra hasta desplazar al “infeliz de turno”, por antigüedad y por desempeño. Con casi 50 años, seguía así de inmaduro y creyente.
Como un minidrama silencioso, la noria de su “amor” pasó ante mis ojos y entendí que aquel guión ya no daba más capítulos. Sin esfuerzo me lo saqué del alma y cerré la puerta a sus espaldas con la calma señorial aprendida de mi contrincante en aquel vals de los 90.
Casi amanece. Antes de levantarme repaso el sueño y descubro otras pistas: a pesar de mi candidez, esa noche puede contar tres ex y varias pretendientes en cola… ¿Por qué estaban ahí, y por qué la esposa me eligió a mí, la más jovencita, para su alarde de poderío? ¿Será que en la intimidad fantaseaban con eso?
No les voy a mentir: cerrada esa historia volví a ser tercera en otros triángulos, pero sólo de cama, sin expectativas ni intrigas. También me tocó ser la burlada y me lo tomé con similar serenidad.
La Milo de hoy no despreciaría a un hombre que no sepa entregarse a una sola persona, pero no eran esos mis valores en aquella etapa y entiendo a quienes sufren con tales devaneos de su supuesta “media naranja”.
No soy posesiva, ni competitiva, y no imagino el día en que crea necesario escarmentar en público a una mujer para sabotear sus ilusiones o acallar la burla de otras rivales. De ahí a poner al marido en subasta, ¿qué falta?

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