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sábado, 16 de mayo de 2026

Construir paz en tiempos de furia

No hay camino hacia la paz, la paz es el camino…

Cubahora en Exclusivo 16/05/2026
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Paz en peligro
Paz en peligro (José Ángel Téllez Villalón / Cubahora)

¿Qué significa realmente la palabra "paz" en un mundo tan violento como el actual? Vivimos rodeados de guerras, desigualdades, agresiones cotidianas y amenazas constantes. En este contexto, la paz no puede entenderse solo como la ausencia de conflictos o como una definición idealista de armonía. Tampoco basta con citar a la Asamblea General de la ONU, que la describe como un proceso participativo, positivo y dinámico donde se fomenta el diálogo y los conflictos se resuelven con cooperación. Esa visión, aunque valiosa, choca con una realidad donde el diálogo falla, el mutuo entendimiento es frágil y la violencia estalla a diario. Entonces, preguntarse por la paz hoy es preguntarse si acaso es posible construirla desde el dolor, o si sigue siendo solo una palabra vacía frente al horror.

La Asamblea General de la ONU proclamó el Día Internacional de la Convivencia en Paz para recordar cada año la importancia de construir sociedades basadas en el respeto, la solidaridad y la cooperación. Pero, ¿qué significa esa proclama en un mundo donde el odio, la indiferencia y la agresión parecen ganar terreno? La paz se presenta como uno de los ideales más aspiracionales: dicen que florece cuando las personas deciden escucharse, ceder espacio y proteger la dignidad de quienes tienen experiencias, creencias u orígenes distintos. Sin embargo, la realidad cotidiana muestra que escuchar es cada vez más difícil, ceder espacio se confunde con debilidad, y proteger la dignidad ajena se vuelve un lujo en medio de tanta violencia estructural y directa.

Por eso es necesario proteger el tejido social frente a la división, la hostilidad y el miedo que parecen estar en aumento. Aunque parezca un desafío enorme, la paz debe comenzar a cultivarse desde los espacios más pequeños: la familia, la comunidad, para luego expandirse. No es ingenuo afirmarlo; es simplemente el único punto de partida posible cuando las grandes estructuras fallan.

Al político indio Mahatma Gandhi se le atribuye la frase: "No hay camino hacia la paz, la paz es el camino". Un mensaje que sostiene que se puede luchar por los ideales sin recurrir a la violencia, porque, como también advirtió, "ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego". Son palabras difíciles de llevar a la práctica en un mundo caracterizado por su agresividad, pero no por ello han perdido su vigencia.

El 12 de noviembre de 1984, la Asamblea General de la ONU aprobó, mediante su resolución 39/11, la Declaración sobre el Derecho de los Pueblos a la Paz, expresando la voluntad y las aspiraciones "de todos los pueblos de eliminar la guerra de la vida de la humanidad y, especialmente, de prevenir una catástrofe nuclear mundial". Desde entonces, decenas de conflictos han demostrado que una declaración, por sí sola, no basta para erradicar la violencia. Sin embargo, tampoco es un documento vacío, representa un ideal compartido, un piso ético al que volver una y otra vez. La persistencia de guerras civiles, conflictos territoriales, enfrentamientos étnicos y religiosos, junto con la carrera armamentista y la amenaza nuclear, nos recuerdan la distancia entre lo proclamado y la realidad. Pero esa distancia no es un callejón sin salida; es justamente el lugar donde actuar es necesario.

En ese sentido, la resolución 39/11 es un recordatorio constante de lo que aún debe fortalecerse: los mecanismos multilaterales de prevención, mediación y resolución pacífica de disputas. También subraya la importancia de promover una cultura de paz que trascienda los marcos institucionales y se arraigue en las sociedades, fomentando la educación en derechos humanos, la cooperación internacional y el respeto mutuo. La paz no puede imponerse únicamente mediante declaraciones solemnes, pero ellas sientan las bases. Se requiere de voluntad política real, justicia social y un compromiso efectivo de los Estados y las comunidades para transformar las estructuras que generan violencia. Este principio se enlaza con uno de los conceptos fundacionales de la UNESCO: "Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz".  La paz no es solo la ausencia de conflictos, sino un proceso dinámico y participativo que fomenta el diálogo y la cooperación.

Para alcanzar esa aspiración, es indispensable eliminar la discriminación y la intolerancia en todas sus formas: por raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política, origen nacional o social, posición económica, discapacidad o cualquier otra condición. Convivir en paz significa aceptar las diferencias, escuchar, reconocer y respetar a los demás. No es un destino lejano, sino una práctica que debería volverse cotidiana.

La resolución 72/130 de la Asamblea General subraya la importancia de la sociedad civil en la promoción del diálogo y la cooperación entre Estados. Los objetivos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible reconocen que no puede haber desarrollo sostenible sin paz. Y es cierto: sociedades pacíficas, justas e inclusivas son esenciales para un futuro común, donde los derechos de las personas son respetados en todo el mundo.

Audrey Azoulay, Directora General de la UNESCO, recuerda que esta labor es la razón de ser de la organización: "erigir los baluartes de la paz en la mente de mujeres y hombres mediante la educación, la ciencia, la información y la cultura".

Hoy el mundo atraviesa una etapa marcada por múltiples conflictos armados y crisis sociales que diariamente ponen en riesgo la estabilidad de millones de personas. Desde las guerras prolongadas, pasando por las escaladas militares en conflictos de muchos años, hasta la violencia del crimen organizado, la paz global se ve amenazada por tensiones geopolíticas, crisis humanitarias y un impacto económico creciente. Pero reconocer esta realidad no equivale a rendirse. Al contrario, es el primer paso para actuar con lucidez. La paz no está perdida, pero claramente no se construirá sola. Depende de decisiones colectivas, de presión ciudadana, de justicia social y de la voluntad de no normalizar la guerra.


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