lunes, 24 de junio de 2024

Estados Unidos y el arte de dividir

Las nuevas medidas anunciadas por el Departamento de Tesoro de la administración Biden ayer reconocen la genuina existencia de un sector privado en Cuba, sin embargo, el propósito de fracturar la unidad no se esconde...

Guillermo Suárez Borges en Exclusivo 30/05/2024
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Firma de acuerdo entre Cuba y EEUU
A pesar de la estricta aplicación de las medidas de presión y sanciones contra nuestro país, el gobierno de Biden ha decidido hacer una excepción, y dar finalmente a las empresas privadas cubanas algunas posibilidades

En Cuba se recibe con sano alivio cualquier noticia que llegue desde Estados Unidos que se enfoque  hacia una mejor relación y al funcionamiento del vínculo lógico y normal entre nuestros dos países y pueblos vecinos. La historia también nos enseña con apabullante claridad, que no todo lo que llega desde allá tiene un propósito claro y mucho menos justo, que cada  idea nueva que aparece tiene habitualmente un trasfondo oscuro, que nos hace dudar.

El crecimiento del sector privado en Cuba, que se evidencia en el cada vez más relevante papel asumido por las cooperativas, pequeñas y medianas empresas cubanas surgidas como resultado de las trasformaciones económicas dirigidas por el partido y el gobierno cubanos, han puesto a pensar al gobierno de los Estados Unidos. La creciente participación de hombres de negocio foráneos y de ciudadanos cubanos, que obtienen dividendos, algunos de ellos, importantes, como parte de su participación en la economía cubana, es una realidad inobjetable.

Las nuevas medidas anunciadas en el día de ayer por el Departamento del Tesoro de la administración Biden reconocen claramente la existencia de un vibrante sector privado cubano, que para variar, funciona bajo las estrictas reglas de juego que impone el bloqueo estadounidense contra Cuba. Aun así, los habituales actores que a todo se oponen cuando se trata de regresar a un funcionamiento normal del país, se afanan en descalificar ese crecimiento, colgar epítetos inmerecidos al proceso y sus actores, y así impedir que otros se sumen a trabajar por la recuperación económica del país, temerosos de que un día de estos se diluya ese discurso que hasta hoy  les permite sostener el lucrativo negocio de la política del odio hacia Cuba.

A pesar de la estricta aplicación de las medidas de presión y sanciones contra nuestro país, el gobierno de Biden ha decidido hacer una excepción, después de pensarlo por largos meses y dar finalmente a las empresas privadas cubanas algunas posibilidades que pudieran favorecer su crecimiento en sectores tan importantes como el financiero, el informacional y en cierta apertura para una mayor relación con empresas estadounidenses.

Las cooperativas y mipymes cubanas, que ya han acogido con beneplácito la medida,  podrán ahora tener cuentas bancarias, acceder a servicios especializados de internet y analítica, en tanto les permitirán determinado tipo de transacciones, según  ha decidido la Oficina de Control de Activos Extranjeros, por sus siglas en ingles OFAC, entidad que regula y controla la aplicación del bloqueo contra Cuba.

Claro que la palabra de la OFAC genera más pavor que confianza entre las compañías estadounidenses y  sus instituciones bancarias. OFAC no es habitualmente identificada por ellos como una entidad que favorece, sino como la que impide; no se identifica como la entidad que premia, sino como la que castiga.

En tal sentido quedará por ver si los bancos estadounidenses, incluso, los internacionales no estadounidenses, pero que participan en el sistema financiero que Estados Unidos controla y dirige, tendrán confianza esta vez para dar luz verde a lo estipulado por la administración Biden, después de decenas de multas y sanciones anunciadas por la misma entidad y los temores que genera la vigencia de la Ley Helms Burton.

El cambio llega entre las nebulosas que adicionan los límites. Ningún militante del PCC o miembro del gobierno cubano puede “disfrutar” de esta apertura. Solo los “químicamente puros” tendrán acceso y es ahí donde el gobierno de Estados Unidos expone su esencia intervencionista y mediadora. Si no fuera porque se trata de Cuba, la Cuba que todos conocemos, podría pensarse que el “dueño” intenta premiar al “esclavo”, con la fusta en la mano.

Sería muy bueno que las empresas estadounidenses y las cubanas pudieran tener mayor relación. Que los nacientes emprendimientos cubanos se vieran favorecidos por las posibilidades que brinda el mercado estadounidense y que todo ello sucediera en un ambiente de buena voluntad real. Que las empresas se pudieran encadenar para beneficiarse unas de otras y terminar beneficiando al pueblo, que sectores públicos tan importantes como la salud o la educación, pudieran ganar con esta apertura. No parece ser esa la intención de Estados Unidos.

Para hacer avanzar sus intereses, Washington necesita la división en Cuba. Necesita que los nuevos emprendedores privados se enfrenten a las estructuras legales y políticas del país y se conviertan en un factor de cambio, para lo cual seguirá erogando fuertes sumas de dinero.

Para hacer avanzar sus intereses, Cuba necesita que sus empresas privadas trabajen de conjunto con el resto de los actores, en beneficio de su pueblo. Solo el tiempo dirá la verdad.


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Guillermo Suárez Borges

Soy funcionario de más de 30 años de experiencia del servicio exterior cubano con misiones diplomáticas cumplidas en Guyana, Líbano, y la misión permanente de Cuba ante las Naciones Unidas. Mis últimos años de trabajo han transcurrido como especialista en medios estadounidenses para la dirección general de Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores.


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