Un sentido resuena, es verdad compartida: más que un género musical, el jazz es una filosofía, una visión del mundo, de las relaciones humanas y de la libertad. Lo resumió la legendaria Nina Simone: “El jazz no es solo música; es una forma de vida, una forma de ser, una forma de pensar”. Es la experimentación, en la matriz sonora, de la vida auténtica, escapada de los muros y convencionalismos. Los músicos de jazz rechazan la idea de lo pautado y petrificado. Sus cultivadores se proyectan al mundo, para armonizar con él, un universo aparentemente caótico, pero en generación permanente de singularidades y momentos armónicos, para enriquecerlo todo con su interconexión.
El jazz no es plano, ni montonal. Fluye mestizo y lleno de texturas, a veces áspero, como la vida de los que lo han traído hasta acá. Con esa magia que brota en el encuentro, abrazo resonante de cuatro o cinco intérpretes, que en un escenario se miran, asienten, para crear algo espontáneamente, lo que ninguno había imaginado solo. Como un ejemplo de lo que podría surgir en la arena social.
Recordemos que el jazz nació en Nueva Orleans, un puerto donde se mezclaban culturas y expectativas, latidos de isleños y de continentales. De un crisol de colores y sabores, de una mezcla exótica, híbrida y excitante de elementos musicales traídos por africanos esclavizados, europeos migrantes y de antillanos. De ese revoltijo cultural salió algo completamente nuevo: una música que respeta la individualidad (cada solista brilla), pero que no funciona si no hay escucha colectiva, si las texturas corporales no se transparentan y se excitan con las señales de lo demás.
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Para Wynton Marsalis una banda de jazz es “una auténtica escuela de virtudes cívicas, pues en ella se trata de “hacer algo juntos y permanecer unidos”. Para el trompetista y compositor estadounidense, su libertad de expresión está estrechamente vinculada a la expresión de los restantes miembros de la banda. Ser oído implica tener que escuchar al otro. Y hacerlo, además, atentamente. Y para que sonara bien, debíamos confiar los unos en los otros”. En un “solo”, brilla el talento, la individualidad, pero gracias a los demás, que no la dejan naufragar. Se emula, pero en clave fraternal.
Así como en el jazz los músicos improvisan juntos sin pisarse, nosotros también podemos convivir en este planeta sin necesidad de competir o matarnos con guerras. La diversidad no es un problema, sino un arcoíris de posibilidades para expandirnos en los otros cuerpos vibrátiles.
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Por ello, desde 2012, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) decidió que esta música tan humana, tan fraternal y espontánea, merecía su propio día. Herbie Hancock, embajador de esta celebración, lo sintetiza en una frase: "El jazz nos enseña que el respeto mutuo y la libertad individual van de la mano".
Como se declara en su página oficial: “La celebración anual del Día Internacional del Jazz destaca el poder del jazz y su papel en la promoción de la paz, el diálogo entre culturas, la diversidad y el respeto a la dignidad humana. El objetivo de tal proclamación es sensibilizar al público sobre las virtudes de este género musical como motor para la paz, la unidad, la cooperación entre pueblos y la libertad de expresión. Para la UNESCO, el jazz rompe barreras, crea oportunidades para la comprensión mutua, reduce tensiones sociales y promueve la innovación artística a través de la improvisación y el intercambio cultural.
Desde entonces, cada 30 de abril, se celebra por doquier. Desde conciertos masivos en Nueva York hasta sesiones improvisadas en parques de Buenos Aires o en clubes de La Habana. La celebración se ha convertido en un movimiento que llega a millones de personas en todos los continentes; a través de programas educativos, actuaciones, divulgación comunitaria, por radio, televisión, streaming y redes digitales.
Cualquier espacio es bueno para hermanar las almas, con las ondas que emiten los músicos a través de sus instrumentos. Valen todos los escenarios. Más allá de lo central y los grandes nombres, de lo masivo y lo focalizado por los grandes medios, la efeméride busca destacar el papel histórico del jazz en la defensa de la dignidad humana, la democracia y los derechos civiles, así como su influencia en la lucha contra el racismo y la discriminación.
El Herbie Hancock Institute of Jazz es la principal organización sin fines de lucro que se encarga cada año de planificar, promover y producir el Día Internacional del Jazz. Esta institución ha sido la encargada de mover por el globo las sedes principales de esta fiesta. Cuba tuvo el honor de ser la sede en el 2017.
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La edición 2026, que marcará el 15 aniversario de este movimiento global, tendrá como sede principal a Chicago, ciudad considerada una de las capitales históricas del jazz. En la década de 1920, músicos provenientes de Nueva Orleans llegaron a la ciudad y ayudaron a desarrollar el llamado “estilo Chicago”, caracterizado por la improvisación, los solos y un sonido más dinámico. Un legado enarbolado por leyendas como Louis Armstrong, King Oliver y Jelly Roll Morton.
El tradicional All-Star Global Concert será dirigido por Herbie Hancock y reunirá a artistas de talla internacional, además de invitados especiales del cine y la cultura. La programación anunciada incluye a artistas como Gregory Porter (Estados Unidos de América), James Morrison (Australia), Tiger Okoshi (Japón), Mandisi Dyantyis (Sudáfrica), Antonio Sánchez (México), Mino Cinélu (Martinica, Francia), entre otros.
La transmisión podrá seguirse en plataformas oficiales y medios asociados. Mientras, en más de 190 países, se organizarán diversas actividades,en escuelas, plazas, bibliotecas, museos y centros comunitarios.
Pues, ya sabes, a celebrar con jazz este jueves. Seas o no navegante asiduo en este océano musical. Si te quieres superar, si estás dispuesto a explorar y enriquecer tu espíritu, sumar a tu playlist un toque híbrido, ya de jazz clásico o fusión, afrocubano o ese raro que no consigues clasificar, encerrar en etiqueta alguna, pero que te hace viajar. Pon "Take Five" de Brubeck mientras desayunas. O a Faraj Suleiman, en lo que riegas las plantas. Busca ese video de Ella Fitzgerald donde hace scat como si su garganta fuera un instrumento. Siéntate a escuchar cómo Miles Davis le da vueltas a una misma nota hasta que duele y sana. O cocina mientras disfrutas algo como “Aggua” y “Afro mambo” de Roberto Fonseca, o tal vez una descarga de Alejandro Falcón. Desde un fondo tan rico, en tal ascenso sonoro, percutirá un motivo, un latido común: en este mundo cabemos todos.

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