//

martes, 14 de julio de 2026

Desvelo de alumbrón

Primero la adrenalina del ahora, luego la nostalgia del ayer…

Mileyda Menéndez Dávila
en Exclusivo 14/07/2026
0 comentarios
Alumbrón
Y ante la señal luminosa, ¡a correr! (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)

¡Llegooó!!! (ya saben qué). Salto de mi cama a revisar: ¿En qué por ciento está el keko? ¿Cuántos bombillitos le quedan al ventilador? ¿La pilita del cel llegó a rojo? ¿El refri está bien conectado? Mejor pongo a ablandar frijoles para que el gordo los sazone con el gas… ¿Queda arroz cocinado? Si hago el café, ¿aguantará calentito hasta el amanecer?

Quince minutos más tarde, el corazón vuelve al ritmo normal. Pudiera acostarme, pero la adrenalina espantó mis ganas de dormir. Una idea pícara pasa por mi cabeza. Me asomo al cuarto con malas intenciones… Ay, está tan rendido que me contengo: lleva días sin dormir con tanta placidez.

Por inercia, reviso el resto la casa para que no se derroche ninguna luz y pego la oreja a la ventana de mi madre. Maya anda dando tumbos por el cuarto y la dueña también: nada de qué preocuparse en esa área.

Antes de bajar, miro el cielo estrellado. Me reprocho no haber subido antes: el espectáculo es mejor sin interferencia artificial. Desde la terraza norte es notable el movimiento en el vecindario. Sin pizca de sueño, me pongo en modo reflexivo. ¡Cuánto añoro las visitas a Nueva Paz! Esa familia que llegó a ser mía es de siempre mi fuente de calidez cuando la incertidumbre enturbia la existencia diaria.

A Xiomy la conocí en primer año de la carrera y en pocos meses nos volvimos cercanas, a pesar de su timidez y mi apariencia de puntualita recalcitrante. A mí no me importaba su supuesta hosquedad y ella aceptaba mi naturaleza simple y juguetona. En estudios, ella fue mi horma y yo su zapato.

Fui muy feliz cuando me invitó a su casa. El diálogo de esa tarde lo tengo grabado como una lección de humildad:

—Coges una botella y te bajas en el kilómetro 84. A mano derecho verás dos vaquerías; yo vivo en el medio.

—¿No tienes un número o algo para guiarme?

—¿Número de qué? Pregunta a cualquiera por los García.

—¿Y cómo reconozco tu casa? ¡No me dirás que es de tablas de palma, pintada con cal y techo de guano!

—Pues sí, y es la única en ese montecito, no hay pérdida… Pero llega temprano, brincar cercas de noche es peligroso.

Obvio que llegué tardísimo, y sin percance gracias a un rastrero que me acompañó con una linterna. ¡Ni loco me dejaba sola en esos potreros del fin de mundo!, insistió, y el padre de mi amiga felicitó su integridad por no aprovecharse del irresponsable bombón en tales circunstancias.

Junto al olor de leche hervida al carbón, los huevos recolectados de primera mano, el agua de pozo artesiano y los frijoles dormidos de Carmita, lo que más alegraba mi corazón en ese tiempo era estudiar a la luz de un poderoso farol chino mientras Papo nos observaba en una esquina de la mesa, orgulloso de que su pequeña venciera la universidad (la primera en muchas generaciones).

De vez en cuando nos distraía con sus preguntas o secundaba mis ocurrencias, sin temer los reproches a viva voz de la hija ni el regaño en la mirada de la esposa: esta habanera era su consentida y bien que aproveché ese privilegio.

Claro que podíamos estudiar de día, pero ¿qué gracia tiene ir al campo y no correr libremente, respirando aire puro? Aún recuerdo a mi amiga tumbándome cocos a pedradas y al “viejo” trayendo frutas desconocidas, y sonrío de pura nostalgia.

Se mudaron al pueblo cuando ya andábamos con los mapas de la tesis a cuesta: mitad de semana en Regla y el resto con los suyos. La nueva casa era linda, de placa, con agua y luz de pared, como decía un vecino jocoso, pero yo extrañaba el ambiente bucólico y la frescura de los pisos lustrosos.

¿Prosperidad? ¡Vaya cosa! Yo era muy feliz bañándome en el cuartucho estucado junto a la cocina con su puerta de saco, y para otras urgencias teníamos un tibol de noche y el platanal de día, según explicó Papo solemnemente en mi primer apuro.

Más de dos décadas después, mientras evocaba esas anécdotas para mis sobrinos postizos, Xiomy arqueó una ceja y desmintió al jodedor: “¿Quién dice que no había escusado? Estaba junto al corral de puercos”. Imaginen el chucho de aquel par de adolescentes y la expresión de aydiosmío de mi amiga, herencia de la noble y callada Carmita.

Casi amanece cuando todo se apaga y el pecho sigue cargado de añoranza. Pablo García fue el primer padre que despedí, pocos meses antes de graduarnos. Por entonces, 60 años me parecían una vida muy larga y la electricidad un lujo innecesario.

Ay, mi bichito, tu bruja te extraña, pero ya no es tan fácil salir a la autopista a dedo y con la bici no me atrevo a repetirlo, de momento. Si la vida quiere, lo haré antes de nuestros 60, ya verás. ¿Me esperas un poquito?


Compartir

Mileyda Menéndez Dávila

Fiel defensora del sexo con sentido...


Deja tu comentario

Condición de protección de datos