¿Y si de pronto, un día, comprendemos que ese niño –o niña– que hemos criado con dedicación infinita ha desviado su camino, al parecer sin remedio? ¿Y si esa persona a quien dimos vida y que pensamos conocer mejor que a nadie, se convierte en alguien que miente, roba y hiere una y otra vez, porque las drogas lo superan?
Esa es la premisa de la película estadounidense Beautiful Boy (2018), dirigida por Felix van Groeningen, con guion de Luke Davies. Está basada en el testimonio real de David Sheff, Beautiful Boy: A Father’s Journey Through his Son’s Addiction.
Protagonizada por Steve Carell y Timothée Chalamet, el filme cuenta la historia de un joven inmerso en una espiral de drogadicción y recuperaciones infructuosas, y en un recorrido ascendente desde la marihuana hasta la metanfetamina.
El padre, quien lo ha criado mayormente desde el divorcio con la madre, tiene con él una relación especial. Es su “niño hermoso”, con el que ha practicado surf, al que incita a escribir, aprovechar sus talentos e ir a la universidad.
Nic no sufre precariedades de ningún tipo, aparentemente, y tiene una familia estable, funcional y amorosa, junto a la esposa de su papá y sus dos hermanos pequeños. Pero la droga le proporciona una sensación de felicidad que ninguna otra cosa en su vida suple, y no puede parar.
Junto con el padre, desesperado, asistimos cada tanto a esos recuerdos de una infancia plena y llena de amor, para volver a un presente donde su hijo se le escapa cada vez más de las manos: ya no puede confiar en su palabra, recae cada vez, desaparece por largos periodos, termina en el hospital por sobredosis, intenta hurtar cosas de la casa para venderlas…
Hay un momento en que este padre decide abandonar, porque ya no puede más, pero al final, después de que su hijo escapa por casi nada de la muerte e intenta de nuevo limpiarse, vuelve a él; el abrazo entre ambos nos dice que la droga no solo destruye a quien la consume, sino a todos quienes quieren a la persona enferma.
Los espectadores vemos también cómo la brillantez de un joven prometedor se apaga vertiginosamente, para sumirse en pensamientos cada vez más oscuros. Su cerebro, recuerda el guion, pierde conexiones con cada inyección.
Beautiful Boy no es una obra de arte, pero sí una historia estremecedora, porque de ella podemos concluir:
No basta con ser padres presentes, cariñosos, preocupados, para garantizar que nuestros hijos no se droguen jamás.
No hay nada de inofensivo con respecto a la droga, el mínimo coqueteo con ella puede acabar con una vida.
Es necesario empezar a hablar de los peligros de la droga desde temprano; convertirla en un tabú dentro del seno familiar es lo más inseguro que podemos hacer.
Como sociedad, no podemos normalizar su consumo. Porque si es fácil comprarla y consumirla, siempre habrá personas en peligro.
La presencia del “químico” en nuestros barrios se cierne como una amenaza para todos las madres y los padres, en especial los de preadolescentes, adolescentes y jóvenes. No podemos cerrar los ojos ante ese peligro, ni culpar solo a quien se droga.
Nuestros niños hermosos merecen que hagamos desde cada lugarcito que nos toque por mantenerlos a salvo.

Términos y condiciones
Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.