Desde hace algunos meses tengo un ahijado muy simpático a quien contagié mi pasión por las herramientas y oficios que heredé de mi padre. El chico tiene maña para aprender y paciencia para lidiar conmigo, así que en poco tiempo se han hecho imprescindibles sus sistemáticas visitas.
Puede decirse que los beneficios van en ambas direcciones, porque él adquiere conocimientos y acceso a mis trastos y yo me alivio de incordias hogareñas acumuladas por décadas, ya sea de carpintería, plomería, electricidad, organización…
Al principio venía sólo para acompañar a su mujer, nuestra cuidadora doméstica, y se mantenía calladito en un rincón toda la jornada (es tímido entre extraños), aprovechando el nauta para descargar películas en su celular.
Luego fue cogiendo confianza, mostró su lado diligente, dejó fluir sus ocurrencias y sin proponérselo nos robó el corazon. Su buen humor sintonizó hasta con el gordo, que también lo ve como a un hijo y me hace la media para darle chucho y sacudir su crianza ortodoxa, cargada de complejos machistas.
Obvio que él también se presta para hacer bromas, pero recibe más de lo que logra dar en materia de provocaciones. Es muy divertido oirlo quejarse cuando nos dedicamos a desmelenar sus prejuicios (“¡¡¡Oe, madrina, madrina!! No me lleven tan tensouuu…”), y muy satisfactorio verlo ceder y razonar fuera de esos esquemas, con una expresión de picardía y susto tan auténtica que las risotadas contagian hasta a mi madre.
Mi ahijado tiene 23 años: 16 menos que su pareja. Empezaron la relación ocho años atrás y casi pudiera decirse que ella lo ha “criado” a la par de sus dos niñas, pero el esfuerzo ha valido la pena por sus magníficos frutos.
Yo no puedo evitar sonreír con orgullo cuando los pienso porque una relación así no cae del cielo: es algo que se construye, se defiende, y además de amor y admiración mutua, lleva una alta cuota de valentía para desafiar estereotipos sociales y críticas de la gente cercana. ¡Si lo sabré yo, por no pocas experiencias propias!
Juntos se ven muy bien (ella aparenta veintipocos). Se miman mutuamente y comparten una ternura que trasciende el vínculo de pareja para alcanzar incluso a vecinos o amigos y a las mascotas aladas, otro gusto que los ha unido tantos años.
Como madre soltera que he sido, valoro mucho la madurez del joven para involucrarse en el cuidado de la “entenada”, una chiquilla menuda de trenzas larguísimas que también se ganó nuestro cariño y ya ostenta el título oficial de Lagartijita de Jojo, por esa manía de saltarle al cuello en cuanto lo ve, así tenga que volar varios metros.
Medio en broma, pero muy en serio, le dije hace poco a una amiga que esos tres forman parte de mi familia extendida. Ante la ausencia de otros lazos de sangre y la distancia (ahora insalvable) de mis nietos adoptivos en Sancti Spíritus, contar con estas personas es un privilegio, una fuente de paz y alivio cotidiano.
Es justo decirlo: lo que empezó como una relación de empleo doméstico se volvió afecto, y la certeza de contar con alguien que nos cuida se multiplicó con el placer de trasmitir conocimientos que van más allá de los libros, la computadora o los premios académicos, en franco intercambio de habilidades prácticas, imprescindibles en todas las etapas de la vida.
Puestos a ver, en casa coincidimos cinco generaciones varias veces a la semana y todo fluye sin grandes tensiones. No sobran recursos para agasajar, pero tampoco faltan ocurrencias, consejos y muestras palpables del mejor cariño: el que se da porque sí, porque los tiempos son malos, pero hay gente muy buena, y es una gran dicha acercarse a ella.

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