¿Será de nacimiento o por deformación…? ¡Qué más da! Soy ultrasupermegadespistada, y si bien me he metido en innumerables bochornos por esa cualidad, también me he divertido muchísimo sin necesidad de hacer leña de árboles ajenos.
Cuando dejas de sentir culpa por tu innata vocación de meterte en problemas y te aceptas con natural autoperdón, esos enredos se viven como ingenuos tablazos de los que es fácil salir con una sonrisa de “¡ups!, qué más da…”.
¿Ejemplos? Pues muchos; desde los más comunes, como perderme en una cola y que se forme el gran nudo, hasta olvidar el rostro de una fuente que acabo de entrevistar o agarrar la mano de otro hombre y salir caminando mientras mi propia pareja se queda atrás, estupefacto.
- Consulte además: Despistes
De hecho, he entrado en aulas que no eran la mía un montón de veces. De alumna era malo porque perdía la asistencia, pero de profe fue peor, porque intentar dar clases de Gramática a estudiantes de Economía en una sede universitaria… pues…
También hay despistes disfrutables y tengo testigos en este propio blog. MaryD ya debe haber perdido la cuenta de las veces que he vacilado a un hombre a media distancia y cuando se lo comento en susurro cómplice me mira con cara de “¡Serás guanaja!” para aclararme que se trata de mi propio marido (sobre todo el actual, aunque me ha pasado antes).
Ni siquiera mi hijo escapó a ese destino, y como soy consciente de ello, lo entrené desde pequeñito para no asustarse si lo perdía en un lugar abierto y encaminarse hacia el punto de encuentro que establecíamos al llegar.
Suena desalmado, pero es que jamás he podido identificarlo en la multitud, menos aún cuando vestía uniforme escolar o del servicio militar, así que aprendió rápido a ser proactivo y salir a mi paso para ahorrarme la angustia de buscarlo infructuosamente y sentirme la peor madre del mundo.
Si así es con los seres humanos, ¡imagínense con lo demás! Ahí el inventario es tan largo que sólo menciono el último desliz: pasar diez minutos buscando el celular por toda la casa en pleno apagón a la luz de… exactamente: del propio celular.
La peor parte es que no me di cuenta hasta que le pedí a Jojo que timbrara para encontrarlo más rápido y la vibración en mi mano me dio un buen susto porque pensé que habría agarrado algún animal.
Lo único que nunca perdí por mi propio descuido fue a mi perrita Luna, pero sospecho que ese mérito es suyo, no mío; por su facha peculiar de albina y por su manía de colarse en mochilas y maletas ante cualquier amago de viaje, para no quedarse atrás.
Claro que este contratiempo tiene causas neurológicas. Las descubrí ya de adulta, por autoestudio y en coberturas de congresos de diversas especialidades médicas. Así supe que pudieran mejorar con entrenamiento (además del yoga y la meditación), pero a punto de cumplir 60 años, ¿qué sentido tiene pelearme con Mimisma para intencionar un cambio de personalidad con pronóstico muy reservado?
Según un doctor amigo (cuyo apellido no logro recordar, a pesar de tantas chácharas profesionales), mi despiste es sistémico, además de sistemático, porque a la mala vista e incapacidad para reconocer rostros debo sumar una alta dosis de desvergüenza, adquirida tras sobrevivir miles de malos ratos desde muy pequeña en escenarios disímiles.
- Consulte además: Torpe sí, frustrada no
Hay una explicación cuántica que me viene de perilla: según el concepto de atractores extraños que maneja la teoría de la Complejidad, hay sujetos o situaciones con mayor capacidad para distorsionar planos energéticos y atraer fenómenos poco comunes, malos y buenos, según se miren.
Luego de entender eso, ¿para qué pelearme con mi propio karma? A estas alturas, el mejor antídoto para la incertidumbre es mezclar buen humor, autoconocimiento y honestidad. Mis yerros perceptivos me ayudan a mantener la capacidad de asombro ante todo lo que me rodea y la gente que me quiere no me lo lleva en cuenta, así que ¡happyday pa mí y que el mundo gire como quiera girar! ¡¿Qué más da?!

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