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martes, 14 de julio de 2026

Loluli

Porque cuando uno deja de tener fe en algo o en alguien, la indiferencia ocupa todo el espacio...

Yeilén Delgado Calvo
en Exclusivo 11/07/2026
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Un pedacito de terraza, que reverdece
Un pedacito de terraza, que reverdece. (Yeilén Delgado Calvo / Cubahora)

¿Si hay un día para las croquetas cómo no lo va a haber para la esperanza? La Organización de las Naciones Unidas lo instituyó el 12 de julio para “celebrar y promover la esperanza como principio rector para las personas, las comunidades y las naciones por igual”.

La ONU considera que la esperanza es fundamental para la promoción del bienestar, el respeto mutuo, la estabilidad social y el desarrollo sostenible; y respalda, incluso, su cuantificación, mediante la Escala de Esperanza para Adultos (AHS, por sus siglas en inglés).

Pensé en escribir sobre el tema y lo supuse fácil; pero, en realidad, nada hay de simple en hablar de la esperanza en medio de días tan agrios, cuando algunos abjuran de sus creencias de siempre y otros ensombrecen su legado; cuando la sobrevivencia diaria nos consume en la vigilia y el sueño; cuando no vemos la corriente eléctrica; y la terrible realidad de un genocidio silencioso nos sume en la tristeza.

Después de darle muchas vueltas, una palabra vino a mí: Loluli.

En casa, los grandes sabemos de literatura, de historia, de política, de deportes (no yo, por supuesto), de biología y hasta de física, pero de astronomía, nada de nada. Por eso, cuando asumimos la costumbre de sentarnos cada tarde en la terraza, después de comer y hasta que llega la hora de dormir, a leer mientras hay luz solar, y a conversar, no pudimos responder una simple pregunta de mi hija: ¿Cómo se llama esa estrella?

Es una estrella enorme y brillante, a veces la única que vemos. Si hubiera habido acceso a internet en ese momento habríamos averiguado su nombre, pero esa opción se hace imposible hace mucho tiempo. Como Amalia se parece al Principito en eso de no renunciar a una pregunta una vez formulada, le pedimos que bautizara ella a la estrella, y la nombró Loluli.

Desde entonces, cada noche saludamos a Loluli y hasta le pedimos deseos; ya no puede llamarse de otro modo, ya nos pertenece. Forma parte de nuestro rito, de nuestro momento familiar surgido de la adversidad; así como nos peleamos por el sillón o la silla; y como nos reímos de mi hijo que arrastra solo y sin aceptar ayuda su catre del círculo para acostarse y según él conversar, para luego quedarse dormido a los cinco minutos.

Renunciar a nombrar estrellas, y que nos sirvan para enseñarles otras muchas cosas nuevas a los niños, como la velocidad de la luz, o aquel poema estremecedor de la Loynaz: –¿Qué estás diciendo, hermano? / Son estrellas fugaces, / ni caen ni se recogen. // –No importa. Pon las manos..., sería como renunciar a la esperanza.

Desde esa terraza, bajo el brillo de Loluli, le hemos explicado a mi hija por qué los vecinos tienen planta y nosotros no; por qué a veces se oyen calderos sonar; por qué no acaba de llegar la “luz”. Pero también nos hemos dicho “te amo” incontables veces”, hemos contado historias de nuestra infancia; y hemos jugado con las sombras de la lámpara.

La esperanza no tiene que ver con romantizar el dolor de lo que vivimos, sino con no dejar que la pena apague esa lucecita interior que nos permite seguir amando y soñando. Porque cuando uno deja de tener fe en algo o en alguien, la indiferencia ocupa todo el espacio, y eso no solo nos quita la capacidad de luchar, sino también de ver a los otros, que es decir respetarlos.

A fin de cuentas, con lo que sí tiene que ver la esperanza es con la humanidad, también con la empatía: entender lo que los demás sienten y piensan, lo que viven, y aprender a no mirar la vida desde un privilegio, por pequeño que sea.

Que cada cual tenga su Loluli para atravesar la tormenta, y que podamos llegar al final de ella con el espíritu incólume; que, aunque el alma haya sido zarandeada, no pierda su esencia. Y que podamos haber sido compañeros para quien lo necesitaba y escudo para la niñez a nuestro cargo. Eso deseo, y me aferro a la esperanza.


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Yeilén Delgado Calvo

Periodista, escritora, lectora. Madre de Amalia y Abel, convencida de que la crianza es un camino hermoso y áspero, todo a la vez.


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